| Vacas y carbono un estudio de la UBA sorprendió con un hallazgo |
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Un estudio de la Facultad de Agronomía de la UBA (Fauba) encontró que, en la Región Pampeana, un pastizal pastoreado puede funcionar como destino de carbono mientras una rotación agrícola completa termina emitiéndolo. El hallazgo importa porque pone en discusión cómo se mide el impacto real de la producción agropecuaria sobre el clima y qué peso tienen las decisiones de manejo.
La investigación, difundida por Sobre la Tierra, el sitio de divulgación científica de la Fauba, comparó cuánto carbono entró y cuánto salió de dos sistemas en Carlos Casares: un campo agrícola y otro con pastoreo rotativo. El resultado fue claro: la rotación agrícola perdió casi dos toneladas de carbono por hectárea en tres años, mientras que el pastizal ganó cerca de cuatro toneladas. Una cuenta que incluyó la cosecha y la carne
Ulises Marconato, docente de Ecología en la Fauba, explicó que el trabajo hizo una “contabilidad” de carbono entre 2018 y 2021 con sensores de dióxido de carbono instalados en dos campos de la zona. Uno tenía una rotación típica de maíz, trigo y soja; el otro, un pastizal manejado con pastoreo rotativo.
La clave estuvo en que el cálculo no se limitó a lo que capturan los cultivos o el pasto mientras crecen. También consideró el carbono que sale del sistema en los granos cosechados y en la carne producida, un dato que cambia por completo el balance final.
“Los sectores de energía, industria y transporte solo emiten carbono a la atmósfera, pero los sistemas agropecuarios además pueden capturarlo”, señalaron los investigadores. Por eso, agregaron, el manejo agronómico resulta decisivo. Barbechos que pierden y pasturas que retienen
En la rotación agrícola, casi el 70% del carbono fijado se fue con la cosecha. Además, los barbechos —presentes durante el 40% del período estudiado— fueron momentos de pérdida neta, porque no había cultivos creciendo y el suelo seguía respirando carbono hacia la atmósfera. Según Marconato, implantar cultivos de cobertura en lugar de dejar barbechos aparece como una alternativa para mejorar ese balance.
Del otro lado, el pastizal se comportó de manera opuesta. Aunque capturó menos carbono que el cultivo, el 96% de lo fijado quedó en las raíces, en el suelo y en los organismos del suelo. Apenas el 4% salió del sistema como carne.
“Una regla práctica, entonces, es pensar que en la Región Pampeana una hectárea ganadera podría compensar las pérdidas de carbono de dos agrícolas”, planteó Marconato. El trabajo fue publicado en la revista científica Agriculture, Ecosystems & Environment. La mirada del paisaje completo
Roberto Fernández, también docente de Ecología en la Fauba y coautor del estudio, resumió el enfoque: el balance de carbono debe leerse en el paisaje entero y en la rotación completa, no actividad por actividad ni año por año. “La mirada tiene que ser integradora”, sostuvo.
La conclusión abre una discusión concreta para la región: combinar áreas agrícolas y ganaderas como un mosaico, en lugar de pensar la producción como compartimentos aislados. Fernández advirtió que recuperar en el tiempo el carbono perdido por años de agricultura puede llevar décadas, mientras que pasar de un pastizal a agricultura tiene un costo importante en términos de carbono.
Para los autores, el estudio también expone una limitación de fondo: en el hemisferio sur hay pocos sensores capaces de medir estos balances a largo plazo. Marconato señaló que esa falta de datos locales deja a la Región Pampeana subrepresentada en modelos globales calibrados, sobre todo, con información del hemisferio norte.
“Me gustaría que hubiera una red de estos sensores en Sudamérica, como Fluxnet”, dijo el investigador. El problema, explicó, son los costos y la complejidad de mantenimiento de los equipos, que suelen requerir reparaciones en el exterior.
La propuesta final no es reemplazar una actividad por otra, sino leer el territorio como un sistema integrado y medir el carbono con esa lógica. “Es un modelo muy novedoso que vale la pena poner a prueba”, remarcó Fernández.
En una provincia como Entre Ríos, donde conviven agricultura, ganadería y suelos bajo presión, el debate no es menor: qué produce más, qué retiene más y cómo se ordena el paisaje para que el costo climático no quede oculto detrás de una sola campaña. |
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