| La ganadería pampeana compensó las pérdidas de carbono de la agricultura |
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14-07-2026 - Esta noticia fue copiada del medio: Revista Chacra
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La comparación realizada en establecimientos bonaerenses mostró que el desempeño ambiental de cada actividad no depende únicamente de cuánto dióxido de carbono absorbe la vegetación. La extracción de biomasa, los períodos sin cobertura y la permanencia del material orgánico dentro del sistema terminaron definiendo resultados opuestos.
El estudio fue desarrollado por investigadores de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires y analizó, entre 2018 y 2021, dos planteos productivos ubicados en Carlos Casares. Uno correspondió a un campo agrícola con una rotación de maíz, trigo, soja de segunda y soja de primera; el otro, a un pastizal ganadero manejado mediante pastoreo rotativo.
Para registrar los intercambios se instalaron torres equipadas con sensores de dióxido de carbono, provistas por el Instituto de Clima y Agua del INTA. Estos dispositivos permitieron determinar de manera prácticamente continua cuánto carbono ingresaba en cada ambiente mediante la fotosíntesis y cuánto regresaba a la atmósfera por la respiración de plantas, microorganismos y animales.
Al respecto, el docente de Ecología de la FAUBA y autor principal del trabajo, Ulises Marconato, explicó que realizaron "una ‘contabilidad de carbono" de ambos sistemas. Además, la evaluación incorporó una variable que no siempre es contemplada, el hecho del material que abandona los establecimientos a través de los granos cosechados y de la carne producida.
Aunque los cultivos capturaron más carbono que el pastizal durante sus etapas de crecimiento, cerca del 70% de esa cantidad salió del campo con la recolección de los granos. Al considerar la secuencia completa y no solamente los momentos de mayor desarrollo vegetal, la superficie sembrada terminó funcionando como una fuente neta del elemento.
El resultado acumulado fue una pérdida de casi dos toneladas por hectárea agrícola a lo largo de los tres años, mientras que una unidad equivalente de pastizal pastoreado ganó alrededor de cuatro toneladas. Por lo que los investigadores estimaron que, bajo las condiciones estudiadas, una hectárea ganadera podría equilibrar el déficit generado por dos agrícolas.
Los barbechos ocuparon aproximadamente el 40% del período evaluado y representaron momentos en los que no había vegetación creciendo para capturar dióxido de carbono. Mientras que los organismos del suelo continuaban respirando y liberándolo hacia la atmósfera.
Frente a este punto crítico, el trabajo destacó el potencial de los cultivos de cobertura para mantener raíces activas entre cosechas y reducir los lapsos de suelo sin vegetación. Al respecto, Marconato los definió como "una gran opción para fijar carbono en estos períodos", especialmente en planteos con barbechos extensos.
En el sistema ganadero el pastizal capturó menos carbono que los cultivos, pero conservó dentro del ambiente el 96% de lo fijado, principalmente en las raíces, el suelo y los microorganismos. Solo el 4% restante salió del establecimiento convertido en carne.
La presencia de los animales también generó períodos de pérdida, debido a la respiración y al consumo del forraje. Sin embargo, esas salidas no alcanzaron a revertir la acumulación lograda durante el resto del ciclo, por lo que el balance final continuó siendo positivo para la superficie pastoril.
A partir de estos resultados, los autores aclararon que la propuesta no consiste en sustituir masivamente la agricultura por la ganadería. El planteo de la investigación apunta a integrar ambas actividades dentro de un mismo territorio y definir una proporción de superficie capaz de equilibrar las emisiones y capturas de acuerdo con las características productivas de cada región.
En este sentido, el docente de Ecología de la FAUBA, investigador del CONICET y coautor del estudio, Roberto Fernández, sostuvo que "la mirada tiene que ser integradora". Según explicó, los balances deben analizarse sobre la rotación completa y el paisaje entero, en lugar de evaluar aisladamente cada campaña o actividad.
El investigador también advirtió que compensar en el tiempo no necesariamente produce el mismo resultado que hacerlo en el espacio. Esto se debe a que un lote que acumuló años de agricultura podría necesitar décadas bajo ganadería para recuperar el carbono perdido, mientras que transformar un pastizal en superficie cultivada puede generar un costo considerable desde el inicio.
De esta manera, el estudio abre la posibilidad de diseñar esquemas productivos en forma de mosaico, con áreas agrícolas y ganaderas distribuidas estratégicamente. Más que enfrentar ambas actividades, el desafío será conocer sus balances regionales y combinarlas para sostener la producción sin profundizar el deterioro del carbono almacenado en los suelos.
Sin embargo, los investigadores señalaron que todavía faltan mediciones para extrapolar los resultados a toda la Región Pampeana. Esto se debe a que la mayor parte de las torres que registran intercambios de carbono se encuentra en el Hemisferio Norte, lo que limita la calibración de modelos globales y deja a numerosos ecosistemas sudamericanos subrepresentados.
En ese contexto, ampliar la red regional de sensores permitiría obtener información más precisa para cada ambiente y evaluar cómo inciden el clima, el suelo, las rotaciones y el manejo ganadero. El principal obstáculo es el costo de los equipos, sumado a la complejidad de mantenerlos y repararlos, una dificultad que condiciona la continuidad de investigaciones de largo plazo en el país. |
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